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lunes, 22 de abril de 2013

Cuento tradicional japonés: Issunboshi

Cuando compartí el otro cuento tradicional japonés una personita me dijo que no entendía la manía de los japoneses de poner finales tristes... así que ahora le dedico a Shilmulo este cuento tradicional con final feliz.
 
Cuento tradicional japonés: Issunbôshi.
Había una vez un viejecito y una viejecita, los cuales nunca habían podido tener hijos y por eso estaban muy tristes, por lo que un día decidieron pedirle a los dioses que les concedieran un niño:

"Aunque no sea más grande que un dedo estaríamos encantados de tener un hijo", decían.

Un día, los dioses les concedieron su deseo, dándole a los viejecitos un bebé tan grande como un dedo. El viejecito y la viejecita se pusieron muy contentos al ver cumplido su deseo, ¡deseaban tanto tener un niño! Como el bebé era un niño muy chiquitito y pequeño, le llamaron Issunbôshi (que quiere decir "pequeñito, minúsculo" en japonés) y le criaron y cuidaron con mucho cariño.
Pasaron los años, pero Issunbôshi no crecía: a los tres años, a los cinco, a los diez, siempre tenía el mismo tamaño desde el día de su nacimiento, es decir, tan grande como un dedo. Este detalle preocupaba mucho a sus padres, le hinchaban de comida y hacían todo lo posible para que creciera, pero él seguía sin crecer, ni siquiera un centímetro.

Issunbôshi era tan pequeño, que no podía ayudar a la viejecita en la casa, y cuando iba a trabajar al campo con el viejecito tampoco podía ayudarle ya que no podía llevar más que una brizna de hierba. Issunbôshi cantaba y bailaba muy bien, pero no podía ayudar a sus padres en sus trabajos y por eso se sentía muy decepcionado. Además, los demás niños del pueblo se burlaban de él, llamándole "enanito" y "canijo".

Toda esta situación causaba una gran tristeza a Issunbôshi que decidió irse de viaje:

"He decidido irme a la capital para buscar trabajo allí", dijo a sus padres.

Sus padres se apenaron mucho porque no querían separarse de su hijo, pero le dieron un cuenco de sopa, un palillo de comer y una aguja, y le dejaron marchar, deseándole mucha suerte. Issunbôshi usó el cuenco como paraguas, la aguja se la prendió en la cintura a modo de espada, y utilizando el palillo como bastón, emprendió su camino.

Caminaba y caminaba pero la capital estaba muy lejos. A mitad del camino se encontró con una hormiga, a la que preguntó cómo de lejos estaba aún la ciudad. La hormiga le contestó:

"Camina en diagonal por el prado de dientes de león, cruza el campo de girasoles y sigue el río".

Issunbôshi le dio las gracias y caminó entre los dientes de león, cruzando el campo de girasoles, y llegó hasta el río. Allí se embarcó remando vigorosamente utilizando el cuenco como barca y el palillo como remo. 
Finalmente, llegó hasta un gran puente sobre el cual pasaba mucha gente. Al ver esa multitud, Issunbôshi pensó "¡He llegado a la capital!", así que se bajó de su barca.

La capital era una gran ciudad y estaba llena de gente que parecía estar muy ocupada. Para el diminuto Issunbôshi, era un sitio peligroso, ya que en cualquier momento alguien podría pisarle ya que no le veían. El muchachito pensó "¡Será mejor evitar que me aplasten!" y se caminó por los rincones más tranquilos de la ciudad.

Mientras paseaba, por casualidad, se encontró una magnífica casa, en la cual residía un rico y poderoso señor. Issunbôshi se acercó y llamó a la puerta: "Perdonen, ¿hay alguien?"

Un hombre se asomó a ver quién llamaba, pero no vio al pequeño Issunbôshi: "Qué raro, creí que había llamado alguien, pero no hay nadie"

Volvió a entrar pero Issunbôshi llamó de nuevo, y cuando el hombre volvió a asomarse, le gritó: "¡Estoy aquí! ¡Junto a sus zapatos!"

El hombre miró al suelo, hacia sus zapatos, junto a la puerta, y por fin vio a Issunbôshi: ¡nunca había visto a alguien tan pequeño! El hombre se agachó, recogió a Issunbôshi y le puso sobre la palma de su mano, examinándole con gran interés y le llevó a los aposentos de la princesa.

Allí, Issunbôshi cantó y bailó, con tanta gracia y talento que despertó la admiración de todos y en particular, la admiración de la princesa, a la cual le cayó tan bien aquel muchacho no más grande que un dedo, que decidió mantenerle siempre a su lado.

Issunbôshi vivió durante mucho tiempo en la gran casa del señor, como sirviente de la princesa. Se encargaba, entre muchas otras tareas, de pasarle las páginas cuando ella leía, y de prepararle la tinta para que ella pudiera practicar la caligrafía. Al mismo tiempo, empleaba sus ratos libres en practicar la esgrima usando su aguja como espada. Issunbôshi siempre permanecía al lado de la princesa y ella nunca se olvidaba de llevarle consigo durante sus paseos.
Cierto día, la princesa salió de casa con Issunbôshi para visitar el templo Kiyomizu. En el camino de regreso, un "oni"(criatura similar a los demonios u ogros occidentales) la atacó y trató de secuestrarla pero Issunbôshi intervino, exclamando en voz alta:

"¡Detente! ¡Yo, Issunbôshi, estoy aquí! ¡Defiéndete, malvado!"

El oni se burló al ver al pequeñito Issunbôshi y se echó a reír:

"¿Qué me va a hacer una hormiga como tú? ¡Engendro!", le dijo malévolamente.
Y tras decir esto, el oni atrapó a Issunbôshi entre sus enormes manazas ¡y se lo tragó como si fuera una mosca! Pero Issunbôshi era muy valiente, al llegar al estómago del oni, le clavó su aguja una y otra vez, y siguió clavándosela mientras trepaba por su garganta. 
El oni se retorcía de dolor y daba gritos, pero Issunbôshi no paró de pincharle hasta que al final logró saltar al exterior por la nariz del oni, que huyó corriendo.
La princesa se apresuró a recoger  un extraño objeto, que el oni había dejado caer al huir, ¡era un mazo mágico!

"Esto es un mazo mágico, ¡un tesoro!", le explicó la princesa a Issunbôshi, "con solamente sacudirlo se te concederá cualquier deseo que tengas."

La princesa se sentía en deuda con Issunbôshi por haberla salvado, así que le preguntó: "¿Qué deseas?"
Y el pequeñito Issunbôshi, no mayor que un dedo, contestó inmediatamente: "Mi deseo es ser grande".

La princesa sacudió con suavidad el mazo mágico sobre Issunbôshi diciendo:

"¡Crece, crece! ¡Que el pequeño Issunboshi sea grande!".

Y acto seguido Issunbôshi empezó a crecer, y de repente, enfrente de la princesa, había un joven alto y apuesto.

Al volver a casa, la princesa le explicó a su padre, lo sucedido, el encuentro con el oni, la intervención de Issunbôshi y su mágica transformación. El señor, agradecido, concedió a Issunbôshi la mano de su hija en matrimonio y el viejecito y la viejecita se trasladaron a la capital donde todos juntos vivieron felices.
¿Qué os ha parecido? ¿Os gusta tanto como a mí? 
 
Imágenes del la web: benkyo.pl
Traducción de la historia de la web www.contes.biz 

4 comentarios:

  1. me a encantado, es cierto que muchas historias tienen finales tristes pero no todas afortunadamente. Momotaro, el niño melocotón. es otra de esas historias,saludos.

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    1. me alegra que te guste^^
      es cierto que la historia de momotaro es también feliz...
      no entiendo porque Shilmulo dice que se emepeñan en los finales tristes ajajaja

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  2. Muchas gracias por dedicarme este cuento, que gran honor.

    Me ha gustado mucho, es mucho más bonito que el anterior, con su final feliz, su monstruo y esas cosas. El detalle de que el monstruo sobreviva me ha encantado.

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    1. me alegro de que te guste^^
      la verdad es que es un bonito detalle que el oni sobreviva... no lo había pensado^^

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